el choque generacional y la música

Rock of Ages: El choque generacional y la música

Por @Isaaclaiguana

En alguna de esas acaloradas pláticas sobre música y bajo los místicos efectos de la infravalorada cuba libre, un buen amigo y yo disertábamos sobre la manera en que las “bandas de ahora” hacen rock.

Recuerdo que todo inició cuando le di play a Gimmie all your lovin´ de ZZ Top, tras el intro de Frank Beard, sonaron los primeros riffs del mismísimo y legendario Billy Gibbons e inevitablemente gritamos  al unísono —¡eso es música y no lo que se hace ahora!, e inmediatamente fuimos presa de un silencio ominoso que nos dio la sensación de estar escuchando a nuestros padres. Sin darnos cuenta, habíamos llegado a esa edad.

rock and roll

Y es que el llamado choque generacional nos ha afectado a todos (o lo hará en su momento), no pretendo darles una lección de psicología pero es importante hacer mención de este fenómeno socio-cultural que ha afectado a la humanidad desde tiempos ancestrales. Ya en la antigua Grecia, Sócrates tachaba a la juventud de materialista e irreverente, decía además que los jóvenes adolecían del respeto a la autoridad. Y si él y Alex Lora hubieran sido contemporáneos, se hubiera dado una serie de dimes y diretes entre ambos, basta recordar aquella gran rola de Three Souls in my Mind (banda que a la postre se convertiría en El Tri) “Chavo de onda” (1968) que dice: —¡ay, pobres de los viejos! ellos no lo pueden entender, que soy un chavo de onda y me pasa el rock and roll—.

Cuántas veces durante nuestros primeros años de adolescencia, perdón, corrijo, cuántas veces durante toda nuestra adolescencia y parte de nuestra vida adulta (para los que como yo, salimos de blanco de casa hasta los treinta y tantos) el “bájale a ese escándalo”  o “eso no es música, es puro tamborazo” o el que más se posicionó en mi mente rockera de aquella edad: “ya no se hace buena música como en mis tiempos” e inmediatamente después, mi padre citaba a The Platters mientras se alejaba tarareando “Only you”. Otras veces era mi madre quien miraba al cielo mientras yo brincaba en la sala al ritmo de “Smells like teen spirit” de Nirvana, como preguntándose en qué momento envejeció Alberto Vázquez y en qué maldito momento me interesé por el grunge y los desgarradores y casi incomprensibles gritos de Kurt Cobain.

 

kurt cobain

Debo admitir que gozaba con el hastío de los adultos, pensaba que mientras más ruidoso, mejor y mayor sería el enojo de mis desventurados padres, a veces ni me gustaba tanto lo que escuchaba, pero el estandarte de guerra que portaba con gallardía, decía algo así como: “molestum est omnium” (molesta a todos). Y es que la vida parece detenerse cuando entramos en esa hermosa etapa de la adolescencia, es una segunda niñez que nos maravilla, que nos embelesa, que se mezcla con todos los placeres mundanos en una vorágine de sensaciones y sentimientos y nos lleva a exponer la vida en cada decisión que tomamos y… ya me dejé ir…

Perdón, es que parece que fue ayer cuando tenía 17 y la línea del bajo de Novoselic en “Sliver” retumbaba todo el día en mi cabeza, entre mis clases en la secundaria y la niña que me gustaba, estaba eso, la música, pero no la de mis papás, no la de Universal Estéreo, ni la de Radio Joya, sino la música que se estaba haciendo mientras mi mente y mi cuerpo se radicalizaban, la música nueva, la música que daría voz a mi generación, la música ruidosa y estridente que le caía mal a casi todos menos  a mis amigos y a mí, la música de mi época.

Y es aquí donde después de este mal viaje por la “edad de la punzada” (nunca entendí porque le llamaban así mis tías) podemos entrar en materia, si pudiera resumir el infinito universo de mi adolescencia, lo podría hacer en una sola palabra: MÚSICA.

Cuando se es joven todo es nuevo, las sensaciones, los sentimientos, los forúnculos en la dermis, la volatilidad de los estados de ánimo, el amor, el odio hacia amor, la rebeldía que salía de las manos como los rayos del gran Zeus, la consciencia y sobre todo esa obtusa e infructífera batalla en contra del establishment, en contra del sistema, en contra de todo lo políticamente correcto y sobre todo en contra de la música que escuchan los adultos.

rock

Y así pasa nuestro tiempo, nuestros mejores años (de soltería y de juventud), así se diluyen los bríos de esa mal entendida etapa a la que comparábamos con inmortalidad, así llegamos de golpe al primer trabajo, al primer departamento, al matrimonio, a la vida real; escuchando una y otra vez esas rolas que nos acercan a una realidad que parecía exclusiva de nosotros; devorando cada nuevo lanzamiento de nuestras bandas favoritas y de todo lo que salía de la escena, hasta que de repente y sin razón aparente el reloj se detuvo, tenías casi 30 o 35, dejaste de consumir lo que está de moda, pasaste al modo “recalentado” y la diversidad que existe en el mundo de la nueva generación te abruma, te molesta, te parece absurda, hueca y material.

Escuchas hablar de música a las nuevas generaciones, o mejor dicho, lees en redes sociales, lo que gusta a los jóvenes y te espanta, no tiene lógica porque le llaman música a sonidos que provienen de una caja de plástico con muchos foquitos e inmediatamente piensas en Star Trek y la consola de mando del Enterprise (espero no parecer muy ñoño o geek) y lo que en tu tiempo fue un guitarrista, o un bajista, o un tecladista, o un baterista, hoy se compacta y se recicla en un “Di-Llei” y no estoy criticando al electro, yo lo vi nacer, yo fui a los raves, yo vi a DJ Chrysler tocar, o bueno, picarle a los botoncitos, pero seguía siendo la música de mi generación.

Hoy en día la realidad nos ha alcanzado, esa realidad que evadimos durante 15 o 20 años, esa realidad que pensamos en los 90´s que nunca nos llegaría porque íbamos a tomar la pastilla roja que Morpheus le ofreció a Neo en The Matrix, esa maldita realidad que tanto nos espantaba nos saludó, se sentó al borde de la cama un lunes por la noche y nos dijo — ¿Qué hay de nuevo?— ¡Nada, no hay nada nuevo! no hemos escuchado absolutamente nada nuevo.

Hoy me parezco tanto a mi padre cuando comparaba a los Creedence con Soda Stereo y a mi madre cuando comparaba a The Doors con Nirvana, porque hoy ya no le encuentro sentido a los sonidos de la nueva generación, se extrapolan aquel Coachella de Beck, de Rage Against the Machine, de Underworld, de Tool, al Coachella de Drake, de Lady Gaga, de Kendrick Lamar.

Jim Morrison

Honestamente no pretendo comparar, pero hemos llegado a esa estación del tren que sabemos que es nuestra parada pero no queremos bajarnos, porque ahí están los ídolos de nuestra Belle Époque, Eddie Vedder, Chris Cornell, Zack de la Rocha, James Hetfield, y  ahí están también los de nuestros padres, Presley, Morrison, los Beatles, los Stones, hasta Pimpinela y José José,  ahí también van a convivir en algún cumpleaños del hijo de la prima con Deadmau5, Adelle, Taylor Swift y alguna que otra aberración marca Televisa que me tuerza la memoria musical y me haga voltear a ver a mis padres, abrazarlos y preguntarles: ¿dónde quedó el rocanrol? ¿Qué fue de Elvis, de Aretha, de John, George, Paul y Ringo?

the beatles

 

Lo cierto es que culturalmente debemos de construir puentes generacionales que nos conecten con las generaciones actuales, porque del entendimiento se dará ese intercambio tan beneficioso para la música, se puede influenciar en ambas direcciones y romper esos paradigmas de los que tanto hemos hablado. Sin duda la música es cuestión de gustos pero también lo es de intelecto. Por último, si puede y quiere, dele una escuchada a la canción de Faithless “Music matters”, le va a dejar buen sabor de boca.

 

 

 

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